miércoles, 30 de junio de 2010

Cuento que da título al libro Mi hijo, el lobo

Mi hijo, el lobo

-Un thriller-

Janitzio Villamar

Desde hace mucho tiempo le he querido contar todo esto a alguien, pero siempre se cruza alguna bala de plata en el desarrollo de mi narración y ya no puedo terminarla. Apenas en febrero, me encontraba yo en un hotel de mala muerte, acostado al lado de una de esas mujeres que le hacen a uno el servicio por un poco de dinero, contándole las desventuras de mi hijo Gerardo cuando, al llegar a la escena del autobús, entró en nuestro cuarto un hombre armado y se llevó a la chamaca. Dos días después supe que para encerrarla, acusada de robo. Esa ha sido mi vida desde aquella trágica bala de plata que alcanzó a mi hijo en el corazón.

Si ya sabe usted de qué hablo, sabrá que mi Gerardo era un hombre lobo tan real como nosotros humanos, ni más ni menos. Eso era el pobre diablo, aunque no le iba mal. Siempre puntual, siempre tan arreglado, menos en el club, pues allí lo que le exigían era otra cosa, pero de eso se irán enterando poco a poco, porque por ahora prefiero empezar por otra parte.

Hace aproximadamente nueve años, vivía yo en Arlinstone, Arizona, alejado del mundanal ruido, cuidando de mis tierras y de cuando en cuando recibía la visita de mis hijos, seis en total, que acudían puntuales a ofrendar flores a la tumba de su madre. Gerardo, el quinto, era, por su fisonomía, una verdadera estatua. Su espalda era ancha, sus hombros más o menos gruesos, sus brazos musculosos, su torso impresionante, totalmente limpio de defectos, lampiño, con el estómago marcado, como ahora está de moda, en fin... todo un Adonis. Su carácter, por otro lado, apacible, pero lleno de humor y de ingenio, observador sagaz como el que más y conversador innato. Algo así como la perfección andando, por eso lo adoraban todos sus hermanos.

Este muchacho tan singular, de diecinueve años por aquel entonces, siendo uno de los más afectos a las llamadas telefónicas, llamó a casa una noche, pasadas ya las doce, para decirme que necesitaba hablar conmigo. Había algo raro en él, según me alcanzó a explicar, y no sabía a quién acudir, de modo que, siendo yo su padre y estando no tan lejos, se había decidido por mí. Sin embargo, esa no fue mi sorpresa, sino el hecho de que me telefoneara desde la parada de los autobuses para avisarme que le tomaría unos veinticinco minutos a pie llegar hasta la granja. Mi respuesta fue calurosa, lo esperaría con una suculenta cena en la que incluiría café caliente y algunas de aquellas rosquillas que mamá hacía y de niño tanto le agradaban.

En lo que yo preparaba todo aquello, pasaron los veinticinco minutos y el muchacho llegó puntual, acompañado de sendas maletas que subimos a la habitación que le destiné. Vestía un elegante traje de seda y una corbata color salmón que combinaba con el gris oxford de su traje, por cierto, hecho a su medida. La blancura de su camisa denotaba cuidado en todos los detalles; sólo los zapatos, mocasines de León, Guanajuato, revelaban su marcha a través de los sembradíos. Su corte de cabello era moderno, ligeramente levantado, todo hacia atrás, de apariencia natural, quebrado y tan castaño como yo podía recordarlo.

Nos miramos atentamente durante largo rato y de repente, ambos nos levantamos y, con gran cariño, nos abrazamos. Como siempre, su cuerpo era fuerte, vital, lleno de calor. Su aliento era fresco, irradiaba tranquilidad aunque yo sabía que eso era falso; por algo había venido hasta aquí a buscarme. Pero, a pesar de que me carcomía la curiosidad, me dejé sentir el cariño de ese hijo llegado de las furiosas tinieblas de la noche. Mi viejo reloj de pared marcaba en ese instante las doce treinta y siete. Lo recuerdo porque cuando miré sus ojos vi en ellos un resplandor que jamás había visto en ojos humanos, sólo lo había visto en los ojos del lobo, en los de su hembra y en los de su cría, allá en el bosque, pero nunca en los de un hombre. - “Padre- oí que me decía-, desde hace ya mucho tiempo quería venir a verlo y hablar con usted. Y sí, finalmente me decidí a contarle a alguien el sufrimiento por el que atravieso y la vida que he llevado desde que salí de aquí. Como usted sabe, mi salida fue violenta; poco después de la muerte de mamá, a mis dieciséis años, cuando era todavía menor de edad; a eso se le achaco todo. Anduve errando durante mucho tiempo. Viajé por la Unión pidiendo aventón a todo aquel que pasara por la carretera, tal vez imitando a mis héroes de la televisión o creyendo que así se volvía uno hombre. Viví de todo, desde hembras en celo a las cuales hube de amar en plena carretera, hasta a las que yo deseé con gran ardor y nunca me pusieron la mirada encima. Como se ha de imaginar, a mi edad el amor era algo muy importante. A la primer mujer que conocí, la tuve en la carretera, sobre su auto y era muy ardiente. Con el paso del tiempo llegué a pensar en mí como en un búfalo con el miembro siempre parado, a quien todas deseaban, pero, al primer rechazo, sentí la necesidad de ser el personaje de mis sueños: decidí convertirme en el búfalo aquel del miembro siempre arriba. Para lograrlo, opté por una gran metrópoli, en donde entré a una academia de modelaje. En ella me enseñaron a insinuarme, a darme a desear, a prostituir mi cuerpo y sin embargo, todo eso cumplía con mis más caros anhelos. Pronto estuve colocado en un tugurio de esos en donde uno se desviste al ritmo de la música y las féminas lo observan y luego lo obsequian con dinero y caricias por todas partes. Pero no se asombre, pa, fue parte de mi psicología tan traumada que afloró en ese momento; viéndome yo tan libre... ¡y no vaya a pensar que usted tuvo la culpa!, no, fueron las mujeres que me recibieron dentro de ellas a lo largo de mis viajes por la Unión”.

“Como le decía, ése era mi trabajo, cobrar por acostarme con algunas de ellas, solamente las que yo eligiera, no vaya a creer que con todas las que pagaran. ¡Mi primer trabajo, ah!, toda una experiencia, aunque al poco tiempo, mi carrera se aceleró, pues empecé a posar en revistas de desnudos, a veces de homos y en ocasiones de mujeres. Incluso hice un anuncio para un bar del mismo tipo que me ofrecía trabajo, comida y alojamiento. Pero la fama no llegó con eso. En realidad, comencé a tener dinero cuando filmé una película porno. Si usted me hubiera visto... Cuando recibí mi primer pago me encontraba firmando el contrato para otra película y entre uno y otro trabajo tendría tres meses de vacaciones, así que abandoné el tugurio de Lucas (así se llamaba mi jefe), para emprender un viaje en yate por Europa. Preparé todo en cinco días y me embarqué en un crucero de lujo de nombre “Astounding” con una chamaca de quien tuve un hijo. Durante el viaje, se figurará, le dimos rienda suelta a la hilacha. Además tuve una aventurita con una de las meseras del bar y con una riquilla que viajaba con su marido, un próspero fabricante de armas, tan aburrido como el gin. Sin duda Eros era mi aliado. Día tras día seguí cumpliendo mis sueños sin reparar en la carga que el yate llevaba de contrabando, un zoológico completo que en Francia era esperado con verdadero fervor. Había lobos... quetchales o algo así... un cóndor o aguilotota... caimanes, pumas y osos, amén de perros y gatos, caballos y su distinguida... entrenadora, ¡una delicia! Y sí, de esa manera conocí a los animales. Empecé a cortejar a la escultural entrenadora y, en uno de nuestros retiros, decidimos solicitar el amparo de la bodega en donde viajaban sus fieros pupilos. Me detengo aquí porque ese breve instante cambió mi vida. Pensándolo bien, nuestras vidas, pues ella quedó preñada”.

Cerca del lugar en donde nos tendimos, estaba la jaula de un enorme lobo de ojos rojos, que aullaba constantemente, logrando que su voz rebotara en el casco del navío y produjera un escalofrío a quien lo oyera. Mas, como me encontraba con aquella hermosa mujer de tan bellas piernas, me quité la camisa, despreocupado por el asunto y sentí casi enseguida los labios de Laurie en mi ombligo. La sorpresa me hizo mover los brazos con brusquedad y golpear accidentalmente la jaula de la diabólica criatura, cuyos ojos me miraron con sarcasmo durante el segundo que les concedí. Al instante, sentí el zarpazo hundirse en mi hombro y el correr de un pequeño hilito de sangre que goteó resbalando por mi espalda hasta hacer contacto con el suelo. Laurie se encontraba en ese momento muy ocupada haciendo rodar mis vaqueros al suelo, a reunirse con mi sangre, así que opté por alejarme lo más posible y me aboqué a contestar las atenciones de la bellísima entrenadora. Más tarde, cuando ya Gretta, mi compañera de viaje, había terminado su sueño vespertino, me despedí de Laurie con un largo beso y corrí a la terraza-restaurant para encontrarme con ella a tiempo para la cena. Entonces fue cuando noté la hinchazón en mi hombro. No obstante, la dejé de lado y seguí mi camino. Efectivamente, Gretta tenía ya diez minutos aguardando mi llegada, de modo que le mostré el rasguño, contándole sólo la parte de los animales sin mencionar a la entrenadora. Ella miró la herida y luego derramó su martini encima. La bebida me calmó el dolor y gracias a eso pude escuchar sus reclamos con toda la claridad de la que fui capaz. "¿Otra aventurita?"- decía, hasta que se nos acercó el mesero con curiosidad y, viendo mi hombro herido preguntó si se trataba de la herida de un lobo o de un oso. Al responderle yo que de un lobo, se santiguó y, arrancándose el crucifijo del pecho me dijo: "atrévase, fúndalo y forje con él una daga. Es de plata". Después se retiró con gran premura y mandó a un compañero para que lo sustituyera, ante la incredulidad de Gretta y, por supuesto, la mía. ¿Qué poderosa razón podía llevar a ese hombre a deshacerse de un objeto de valor y alta estima de esa manera? Por cierto, el mesero era latino. Este extraño episodio convenció a Gretta de mi recto proceder y, por ese día, pude disfrutar de su cuerpo sin más reclamos de su parte".

"A partir del doble incidente, mi vida cambió aceleradamente. Repentinas fiebres y fuertes convulsiones se me presentaban al anochecer, cuando la luna asomaba su resplandeciente rostro con la fuerza que le confiere la obscuridad nocturna. Gretta, con su acostumbrado desparpajo las creyó síntomas de una fuerte neumonía, así que se limitó a conseguirme acetil salicílico y un vaso de agua. Como esto pareció funcionar, se olvidó del asunto, pues andaba tan loca por mí, que no deseaba perder oportunidad de compartir su lecho conmigo, a lo cual yo no me negaba, aunque bien deseaba ir de visita a las bodegas del barco. Así transcurría el crucero, hasta que llegó el fatídico 3 de marzo. A las siete de la noche estábamos cenando, cuando noté que brotaba vello de forma anormal en mis manos. Incluso Gretta se quejó de que no me hubiera rasurado ese día, por más que yo le juré haberlo hecho, y además, por lo general, la barba y el bigote tardan en crecerme varios días, pues soy casi lampiño. Una vez terminados nuestros alimentos, me disculpé con el argumento de ir a comprarle un obsequio en una de las joyerías del yate, pero, en realidad me introduje en una de las lanchas de salvamento y allí sufrí mi primera transformación. El dolor era insoportable, los dedos se me curvaron y se hicieron pequeños, mis piernas y brazos se adelgazaron y también se acortaron, el cráneo, deformándose, adquirió un enorme proboscide, los dientes se encajaron en las encías y desarrollaron filo y fuerza, mis orejas crecieron y mi cuerpo se llenó de pelo. Al fin, mis vértebras aumentaron su número, desarrollando un espeso rabo negro. Mitad hombre, mitad lobo, sentí el poder del hombre mezclado con el poder del lobo. En el silencio de la noche aullé sin ser escuchado, porque los pasajeros y la tripulación se encontraban en una animada velada llena de música, baile y, desde luego, eso que antes nos distinguía al menos en las películas: el ligue; o tal vez porque mis terribles aullidos se confundieron con los de los lobos de la bodega".

"Cuando descendí de la lancha, vi a lo lejos a una pareja de recién conocidos dirigirse hacia el camarote de uno de ellos. Los seguí con la discreción del lobo, asechándolos con mis ojos rojizos. Desde afuera, cuando hubieron entrado al camarote, escuché que se desvestían con el ansia de quienes se desean enormemente y decidí entrar con sigilo, los miré de nuevo con detenimiento repasar sus cuerpos de arriba a abajo, salté sobre ellos y los deshice a dentelladas; bebí su sangre, comí de sus carnes. Estaba hambriento, porque desde hace algunos días mi apetito había disminuido, hecho que trataba de ocultar a Gretta. La comida me daba asco, una insoportable repugnancia que me hacía pensar en la muerte. De esa manera comencé mi nueva vida, mitad lobo, mitad hombre, con el sabor de la sangre en la boca y la visión de la muerte en mis pupilas y al despertar, la frescura de quien se sabe satisfecho. Creo que entonces fue cuando procreé al niño de la amaestradora, al de Gretta y al de la camarera o lo que fuera, pues la riquilla me obligaba a usar condón. De día en día mi actividad iba creciendo. Muchas veces tuve que recurrir a la masturbación (o de plano pedir que alguien me masturbara). Además, todas las mujeres con las que sostenía relaciones se hallaban encantadas, Gretta con su anillo de zafir, la entrenadora con su brazalete de oro, la camarera con los aretes de perlitas y la esposa del empresario con su aventura. Y así hubiera seguido todo, a no ser porque al fin arribamos a tierra y Gretta y yo abordamos el ferrocarril rumbo a Marsella, lugar paradisiaco, en donde lo esperaban a uno mil francesas de esbeltas piernas y grandes pechos. ¡Ah!, perdone usted, pa, pero es parte de mi relato; sin estos comentarios no se podría imaginar mi estado mental en esos instantes. Se ha de imaginar el resto, pues siendo un hombre lobo, me transformaba cada que había luna llena con el ansia de comer carne humana. Sí, el influjo de la luna en mí era tan poderoso, que me la pasaba horas en el balcón del hotel mirando al astro, no sé si adivinando algo en sus relieves o leyendo algo en su tersura blanquecina. La imagen de este gigante me enloquecía, me volvía taciturno, de manera que iba alejando a Gretta de mí. Por fortuna, al andar de viaje, nunca pudieron hallar al culpable de los atroces crímenes, hasta que un tal inspector Gaurimont notó un trazo especial en el rastro que iba dejando el asesino. El trazo coincidía con el tour Marsella-París-Leon, Leon-Milán-Roma. Su alcance fue muy atinado y rápido, ya que aún nos encontrábamos en Leon, cuando el enjuto inspector nos alcanzó. Consigo portaba una orden de arresto y una lista de los crímenes, que yo le hice notar, coincidían con los días de luna llena; pero él no creyó que la "coincidencia" fuera importante. Desechó mi advertencia, parte de mi lucha interna, porque, ¿a quién le gusta alimentar del vecino dentro de nuestra sociedad?"

"Pues como le iba diciendo, pa, me siguieron la pista, pero nunca razonaron lo de la luna llena, así que tuvimos tiempo para marcharnos a Italia, en donde pasamos increíbles momentos al lado de tantas italianas como jamás se las ha imaginado usted. Allí abandoné a Gretta. Al fin comprendió mi situación y, tras hacerla jurar no delatarme, me alejé de ella, dejando a su nombre los derechos de mi primer película, por si le hiciera falta el dinero para el niño. De Roma volé a New York y permanecí allí por espacio de dos días hasta que la fecha del rodaje de la segunda película estuvo a sólo quince días. Pasado ese tiempo, me comuniqué con el director y me presenté ante él cuatro días antes de la luna llena. Pobre hombre, cuando lo vi por primera vez para acordar los detalles de la cinta, supe que sería pronto mi víctima. Sin embargo, como el productor estaba muy interesado en su inversión inicial, rodamos la película con otro director: dos de las actrices que me acompañaron en el reparto quedaron preñadas. Fue entonces cuando por fin me pregunté si los niños serían iguales a mí o nacerían normales. En esta libreta, pa, se encuentran los nombres y las direcciones de todas las mujeres a las que les procreé un hijo. Se la entrego".

“Estaba firmando el contrato para una tercer película, cuando vi sobre el escritorio del productor la novela El ciclo del hombre lobo de Stephen King, así que en un descuido, la introduje en mi portafolios. Por la noche la leí y lo hice tan rápido, que desde ese momento me dediqué a leer con gran ahínco. Sí, yo sentía esa especie de embriaguez parecida a la alcohólica, acompañada de una sensación de bienestar al terminar el ciclo lunar y la inquietud antes de la llegada de la nueva luna llena. Me di cuenta de que nada me detendría, pero también surgió en mí la idea de encontrar a otros iguales. Y no fue difícil, créamelo, pa, busqué en la sección de anuncios clasificados y allí, enmarcados y con letras grandes encontré lo que buscaba:”

Es usted un loupe garoupe, un were wolf?

Venga con nosotros y lo atenderemos

Contamos con la mejor asesoría.

Trabajos urgentes

Dr. López y López

5 Street, nº 1612, San Francisco, 5º piso

Tel. 6660666

AAA WERE WOLF

8 de junio, gran reunión en el Holliday Inn. Asiste con tu pareja. Sólo nosotros, a las 7:00 p.m. con la luna.

“Parecía una broma cruel, pero ahí estaba. Marqué el teléfono del primer anuncio y, enseguida, la voz de una amable secretaria inundó mis oídos.

- Está usted llamando a Lobos Anónimos A.C., consultorio del Dr. Francisco López y López, a sus órdenes...

- Mire señorita- comencé a decir-, yo tengo problemas y quisiera que el doctor me atendiera.

-¿Para cuándo quiere su cita?

- ¿Podría ser hoy mismo?

- ¿A las seis treinta le parece bien?

- Magnífico.

“Colgamos y yo, no salía de mi sorpresa. En los tantos años que tenía de vivir en la Unión jamás me había topado con una organización como la del segundo anuncio. No podía decir que no creía en todo esto, pues yo mismo era uno de esos hombres lobo, sino, simplemente, que no creía que fuera tan común”.

"A las seis de la tarde en punto me encontraba tomando un café en un pequeño restaurant frente al consultorio del Doctor López y López, asediado por un par de jovencitas que, según sus propias palabras, habían visto una de mis películas y estaban ansiosas por comprobar que todo lo visto en la pantalla existía realmente, palmo a palmo, centímetroa centímetro, así que entré con una de ellas al baño y la dejé desvestirme. Aunque tuviera prisa, con un poco de mi ayuda, la muchachita pudo hacerlo rápidamente y, como su excitación no parecía contenerse, decidí penetrarla cuando empezaba a jadear con fuerza. Le tapé la boca con cuidado y le escribí mi teléfono en uno de sus senos, lo que provocó que abandonara su brassiere en el baño, sobre el lavabo, como mudo espectador de nuestra aventura. Afuera, su amiga, carente de belleza, esperaba su turno, pero nunca le llegó, sólo recibió una grotesca disculpa, pues el doctor me había recetado moderar mi ritmo sexual".

"Terminando de acomodarme la corbata y ante la mirada de los curiosos allí presentes, miré mi reloj con el mayor descaro que pude. Las seis veintisiete. Volteé a ver a Maggie y, guiñándole un ojo a la pobre inexperta que no conseguía disimular el hecho, salí corriendo, subí las escaleras del viejo edificio marcado con el número 1612 (6 más 12=18; 18.3=6; 6,6,6), para quedar ante una puerta tan normal como cualquier otra de madera, con una aldaba en forma de mandíbula de lobo y labrada con escenas de actos vampíricos y lobunos. Antes de tocar, miré por breves instantes la puerta y, levantando la mano para emitir el golpe, observé que la puerta giraba sobre sus goznes para dar entrada a mi presencia. Frente a mí se encontraba una hermosa joven de aproximadamente dieciocho años, que acertó a decirme "bienvenido", con la más agradable voz, la más acariciante y, por cierto, sugerente. La mujer, pues como ya lo marqué, lo era en toda la extensión de la palabra, vestía una minifalda que apenas cubría lo necesario y una vaporosa blusa sin mangas, a través de la que se transparentaban los botones de sus senos".

- Enseguida le aviso al Doctor de su llegada. Tome asiento, por favor.

- Gracias...

- Caroline.

- Gracias, Caroline.

"Me senté mientras ella descolgaba el teléfono y avisaba a su jefe de mi llegada. Después, levantándose de su lugar, se acercó hasta donde estaba yo y, deslizando sus dedos por los botones de su blusa, que fue abriendo, me dejó ver lo que ya se insinuaba a través de la tela".

- ¿Gusta un café?

- Por favor, Caroline- respondí atolondrado.

- Espero que se encuentre bien.

- Muy bien- le dije acercando mis labios a su piel.

- ¿Toma azúcar?

- Una cucharadita, por favor- le contesté acariciando su húmedo sexo.

- Aquí está- se dirigió a mí, entregándome una taza y dando la vuelta para ir a sentarse de nuevo en su lugar. Después, de repente, espetó:

- Puede pasar, el Doctor lo recibirá ahora.

"Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero recordé que también la razón que me había llevado hasta allí era muy importante, por lo cual entré a la oficina con la mayor indiferencia posible. Entre vapores de un rojo intenso vi a un hombre maduro, moreno, de aproximadamente un metro setenta centímetros, fumando un habano. Y sin que yo lo esperara, la iluminación cambió con enorme celeridad, el color rojizo se tornó blanco y los vapores desaparecieron para dar paso a un enorme ventanal a las espaldas del sujeto y a paredes llenas de viejos libros colgando de armarios empotrados en los muros, todo como si la escena anterior hubiera sido tan sólo una ilusión óptica. Obedeciendo un ademán del Doctor, tomé asiento y vi que de su pecho colgaba un vetusto amuleto indio".

- No se espante. Soy efectivamente el clásico doctor que tiene la respuesta a todas sus preguntas, pero no las voy a compartir por nada.

- Dígame qué pide, Doctor. Tengo mucho dinero y puedo pagar.

- No se trata de dinero, jovencito, se trata de otra cosa.

- Usted dirá.

- Quiero que permanezcas una noche conmigo.

-¡Qué!

- No te asustes. Soy tan lobo como tú y siento la necesidad de aparearme.

- Pero con una hembra.

- ¿Acaso no te has dado cuenta de que no las hay?

- ¿Por qué?

- Preguntas antes de responder.

- Pero...

- No hay pero que valga. Piénsalo dos veces y regresas. Yo aquí te estaré esperando.

- Con el culo...

- Ni lo menciones, que me excitas.

"Una cruel carcajada salió de los labios de aquella bestia. No podía creer semejante indecencia, aunque usted dirá. pa, que yo había cometido muchas más. No obstante, en mí regían algunos principios. A mi salida del consultorio, la amable secretaria se me acercó para preguntarme que para cuándo programaba mi próxima cita, en tanto deslizaba un folleto dentro de mi camisa, de espaldas a la oficina del Doctor y me entregaba con la otra mano una tarjeta con su número telefónico con la marca de sus labios en ella".

"Al fin salí del lugar con la idea de llamarle más tarde para acudir a su encuentro, pues me había cautivado la tersura de su piel y la gracia de sus líneas, pero el folleto llamó mi atención poderosamente. El título, Manual del hombre lobo, por el Doctor Francisco López y López, me sugirió que Caroline estaba más que ardiente, situación que comprendía la luz del homosexualismo de su jefe. Me metí de nuevo al café de enfrente ante la incrédula mirada de los meseros y de la cajera, y devoré literalmente, el folleto, acompañando la lectura con un capuccino y una rosquilla. Mi estómago y mi cabeza ardían, mi estómago por las múltiples tazas de café y mi cabeza por las revelaciones que iba leyendo. La más importante, y hasta ese momento fue cuando comprendí la actitud del mesero en el yate, era que necesitaba una bala de plata para morir y un ser amado para regresar a mi estado normal. Entonces, a causa de todo lo anterior, decidí esperar a Caroline, la secretaria".

"Hacia las nueve, envuelta en un abrigo, la vi despedirse del Doctor y avanzar en la obscuridad de la noche con nerviosismo, como esperando un taxi. Unos segundos después, tras de pagar la cuenta, estaba yo junto a ella, sosteniendo en mi mano las llaves de mi auto. Ella sonrió y supe que aceptaba mi compañía, de modo que nos dirigimos al auto en el más completo silencio, sin siquiera voltearnos a ver y, ya instalados, ella encendió el radio para abandonarse a la velocidad del camino. La llevé a mi departamento en ubicado en el penthouse de un altísimo edificio, desde donde pedimos comida china por teléfono".

"Eran las diez cuando caí en la cuenta de que empezaba a amarla. Nunca me había rogado tener sexo conmigo; se había insinuado, pero como igual. Definitivamente, me atraía, así que permanecimos en la cama hasta las dos. Lo recuerdo `perfectamente. Las blancas sábanas permitían que sus formas se dibujasen, todo mi anhelo estaba allí, sintiendo dentro de ese cuerpo, palpitando con esa extraña violencia que lo hace a uno consciente de la realidad más obscura y cruel. Además, ella sabía de mi terrible enfermedad y, hasta ese momento, nada me había reclamado".

Gerardo interrumpió su relato para dejar caer una lágrima sobre mi hombro de manera tan desconsolada como no lo hacía desde su más tierna infancia. Lo abracé, deslizando en su oído lo que lo motivó a seguir su relato: "¿quieres descansar?". Primero con la cabeza y luego musitando un no, respondió a mi pregunta. Le acerqué una caja de pañuelos desechables y, tras limpiarse las lágrimas del rostro, prosiguió su narración.

"No sé qué se imagine, pa, pero en verdad la amo. Día tras día fui cobrando conciencia. El lunes amaba sus labios, el viernes sus brazos y al lunes siguiente su pelo, hasta completar todo su cuerpo, sólo para volver a empezar al día siguiente en otro orden. Y durante todo el tiempo que duró nuestro idilio, aunque tuve otras aventuras, no dejé de gozar con ella, la mujer que permanecía a mi lado leyendo el Manual del hombre lobo, la compañera que me traía ajos y me encerró como pudo aquella noche de luna llena en la cual destrocé la puerta al sufrir la transformación".

"Esa noche corrí por los aleros de las ventanas del piso treinta y seis, donde se hallaba el penthouse y descendí por la escalera de incendios hasta llegar a la calle. El asfalto me devolvió el contacto con la realidad, permitiéndome sentir el hambre que me atosigaba. Corrí por las calles como desaforado, siguiendo mi instinto, hasta que, de repente, sentí el olor del sudor humano arribando a mi nariz, la tibieza de un cuerpo vivo, el calor que genera el roce de la mano sobre la piel, la excitación de dos seres a punto de amarse. Entré al hotel de donde había surgido el aroma, subiendo la escalera después de soltarle una dentellada en el cuello al velador y penetré en la habitación 203, escalando el muro, por una ventana abierta. En la cama, el cuerpo desnudo de un jovencito y sobre él, el cuerpo maduro de una mujer. Me abalancé sobre ellos. Las marcas de mis garras surgieron en la piel de la mujer, descubriendo parte de sus entrañas a mi apetito. Mientras tanto, el jovencito trataba de zafarse del doble peso del cuerpo inerte y del lobuno ser acodado encima de él. Sus esfuerzos resultaron vanos, con el pene adentro, lo único que lograba era lastimarse y agitar la masa de carne que yo devoraba y, de esa manera, enfurecerme".

"Lo contemplé con deleite, viéndolo indefenso, desnudo, tan animal como yo. Lo vi como hombre, ese ser tan débil e indefenso, que sólo atina a gritar para que otros como él acudan en su ayuda. Y gritó con todas sus fuerzas, pero de nada le valió, porque seguramente los cuartos estaban aislados contra el ruido. Desollé su pecho con deleite y luego fui devorando con enorme lentitud sus entrañas. Al fin, mordí su cráneo, marcando con una de mis garras el fatídico número de la bestia, el triple seis".

"Y dirá, pa, que estaba poseído por el demonio, pero no, me sentía dueño absoluto de la decisión que otros tardan años en tomar. En segundos podía decidir acerca de la vida o la muerte y nada podría detenerme. Los seres humanos nunca habían razonado esto, que matar por hambre quiere decir matar por el placer de matar, de desgarrar, morder, devorar y lo peor, digerir lo que poco antes todavía formaba parte de otra persona. ¿No es asqueroso, pa? Y sin embargo, luchando por mantener la dualidad de mi vida, yo amaba. La mujer dueña de mis sentidos tal vez durmiera en ese instante, ignorante de la situación, aunque lo más probable, porque la destrucción de la puerta y luego la de los cristales de la ventana podrían haberla despertado, es que estuviera afligida, esperando mi regreso. Y en su estado”...

“Sí, pa, su estado. Ella también se había embarazado de mí. Parecía una maldición, yo soltando hijos a la deriva, que acaso fueran mensajeros de la muerte, al igual que su padre. Caroline fue quien me hizo reflexionar en que si yo era lobo y humano a la vez, ellos podrían tener una sola de las dos facetas. E investigando supe lo peor. Todos ellos eran hombres lobo. Si supiera, pa, ¡cuánto dolor sentí al saberlo! Nunca había derramado tantas lágrimas ni sentido mi rostro tan ardiente. Caroline me reconfortaba, animándome, pues tal vez, decía, hubiera algo capaz de detener mis transformaciones. Pero no, no existía fuerza que acabara con esta maldición, así que seguí en la filmación de películas hasta obtener un papel secundario en una película seria, de esas de mucha acción e intriga, mezcladas con sexo, en la que haría un desnudo junto a una beldad. En total fueron siete cintas porno y la que le he dicho, pa, pero mi vida se consumía por la doble personalidad que llevaba”.

“Una noche de luna llena en la cual había acabado con tres personas, supe que el FBI seguía mis pasos. Pude percibir cómo uno de sus agentes me seguía, por lo que giré sobre mis talones y de una dentellada, lo maté. Cuando encontraron el cadáver, supongo que unas seis horas después, se armó una cacería. Una gran cantidad de policías rodearon el edificio en donde vivíamos Caroline y yo, sin saber de nuestro anticipado escape. Nuestras reacciones habían sido diferentes al enterarnos del hecho, Caroline quería explicarles todo, yo salvarla y enfrentarme luego a ellos. Ninguno de los dos hizo prevalecer su opinión. Caroline accedió a retirarse del fuego y yo a huir, su última propuesta. Minutos después, convinimos en separarnos e ir a México, en donde volveríamos a encontrarnos. Y usted, pa se preguntará que porqué a México, ¿no es así? Pues lo escogimos por lo caótico de su situación. Allí, se pierde uno en la multitud y florece todo tipo de leyenda, de modo que se multiplicarían nuestras posibilidades de encontrar remedio a mi enfermedad. ¿Y que porqué separarnos? Pues porque juntos iríamos más lento”.

- Eso quiere decir...- le señalé a mi hijo.

- ¿Que Caroline viaja sola rumbo a México?

- Sí, eso.

- No, pa, ella está ya en México, llegó por vía aérea. Yo soy el que debo ir de incógnito.

- Tienes razón- contesté.

“Después de nuestra separación y escape del edificio- prosiguió Gerardo-, Caroline abordó un tren para ir con su familia a Florida. Desde allí tomaría el avión. Se trataba de despistar a quienes nos seguían. Si la veían alejarse de mí, pensarían que yo me reuniría con ella allá en Florida o simplemente, que nuestra relación había terminado. Y mientras tanto, yo iría a pie o de la misma manera en que lo hiciera en mi juventud, por medio de aventones”.

“El primer transporte que tomé me hizo recordar mis viejos tiempos, pues en aquel entonces aceptaba yo viajar hasta con los puercos, como era el caso. Y aunque el olor resultaba insoportable, me sentía con ánimo de continuar con mi aventura. Sumido en la comida de los puercos, con la complicidad del chofer, a quien le conté que me buscaban por reñir con un policía, un malentendido, comprendió él, pasamos por el primer retén oficial, en la carretera hacia acá. En el camino, tras de agradecerle mucho al conductor mucho su ayuda, me alojé en un hotel para asearme y cambiar un poco mi apariencia. De trecho en trecho, abandonando las largas travesías llegué hasta usted, pa”.

“Por medio de telegramas supe que Caroline había volado a México, pues me escribió aquí, a Arlinstone, a un apartado postal que contrató ella a su nombre. Ahora, estando aquí, pienso incomodarlo por esta noche y continuar mi camino hacia México”.

Con esas palabras terminó Gerardo su relato. En mi cabeza se revolvían todas esas ideas, pero tenía claro que debía tomar una determinación. Por la mañana, antes de que Gerardo se levantara, fui a ver al bueno de Fred, uno de mis viejos amigos y pasé después a comprar la leche. Al llegar a la casa, descubrí a mi hijo sentado en el patio trasero, mirando el horizonte. Me dijo:

- Es tan grande todo esto, que no quisiera dejarlo. Voy a luchar, pa, se lo prometo.

Y entró a la casa, seguido de cerca por mí, con la intención de preparar un suculento desayuno. Y, qué mejor que huevos y leche, todo fresco y natural, sólo para el consumo local.

Por la tarde, Gerardo salió a recorrer los campos y yo, bueno, hice lo que debía hacer. Volví a la casa de Fred y me llevé lo que por la mañana le había encargado. Cuando el muchacho regresó todo sudoroso, a esos de la una y media, con la camisa abierta, lo encaré con mi escopeta.

- Pero, pa, ¿qué significa esto?

- Que eres una amenaza y yo, como ser humano, debo defender a los otros como yo.

- Y acaso, ¿no sabe que no me afectan los disparos?

- ¿Con balas de plata, de un ser que te ama, no lo dijiste tú mismo?

- ¿Será capaz?

- Piénsalo... ¿qué quieres que cargue en mi conciencia, el asesinato de mi propio hijo o que mi hijo se alimente de la carne y alma de otros hombres?

- Tiene razón, pa, hágalo.

Dijo, dejando caer su camisa al suelo, mostrando su pecho a la mirilla de mi arma. Y la bala salió, rompiendo aquel hermoso cuerpo, derramando su sangre. Lloré, lloré durante toda la tarde para sentirme fuerte a la hora de ir a entregarme. Vi su cuerpo caer y gotear, vi su gesto de paz, una leve sonrisa y escuché sus últimas palabras “recuerde... la carta”, dijo, dejando caer un sobre ya roturado sobre la tierra, mismo que eché al correo muy temprano, al día siguiente.

Al regresar de la oficina postal, me encontré la puerta de mi casa abierta, roto el pasador, forzada. Adentro, todo era un desorden. Al fondo, por la puerta trasera, vi a varios hombres acercarse. Dos de ellos me sujetaron hasta lastimarme, pero casi enseguida su jefe les ordenó que me soltaran.

- Era mi hijo- le dije.

- lo sé, por eso sé también que usted es un valiente.

El cuerpo que yacía en el patio trasero se había transformado, según observé cuando lo sacaron, presentando ciertos aspectos lobunos, como manifestando su doble condición. Mi hijo, el lobo, había caído abatido por una de mis balas, una terrible pero justiciera bala de plata. Si bien es cierto que sus crímenes habían terminado, aún quedaba tras de él una larga secuela de seres abominables, todas aquellas creaturas engendradas por su fuerza diabólica, todos esos espectros que pronto nacerían o contaban con muy poca edad. No sé, tal vez por el momento se vieran inofensivos, totalmente humanos, pero algún día serían capaces de matar gente. Eso me decidió a fraguar un plan. Decidí buscarlos y exterminarlos para no permitir más la propagación de la plaga por el mundo.

Y así fue, a eso me dedico siete meses después de, sigo el rastro del segundo. Al primero lo atravesé con un crucifijo de plata. En cuanto a éste, creo que el puñal que guardo en el pecho bastará. Y sí, lo sé, es otro engendro de mi propia sangre, pero debe descansar en paz bajo la tierra, para algún día alcanzar el perdón de Dios.